martes, enero 16, 2007

Anti-Electra




Joyce Carol Oates es una de las escritoras más prolíficas de la actualidad. Contemporánea de Margaret Atwood, la lectura de sus novelas ofrece un sentido comparable de detallismo sensorial y morbo gótico. Man Crazy se sitúa en un entorno de clase trabajadora o white trash a comienzos de los setenta. La novela se arma a partir de los recuerdos fragmentarios que Ingrid Boone comparte con un interlocutor cuya identidad desconocemos hasta la última página. En ellos se vislumbra una infancia fragilizada por el abandono paterno, una pubertad en que la inseguridad y el conflicto superan la norma, y una adolescencia que culmina de manera dramática con al caída de Ingrid en las garras de un clan de motociclistas sicóticos, similar al de Charles Manson. Con estos elementos y un narrador menos dotado que Oates, el resultado más probable hubiera sido una monstruosidad sensacionalista. El relato reproduce los tics verbales, la cadencia tosca y acelerada del mundo en que se desenvuelve la protagonista, donde imperan la violencia y el alcohol, y cualquier sentido estético está desterrado. Si el amor aparece al final de la novela es después de una estadía concreta y radical en el infierno. Está asociado a una cura, a la curación de heridas y al redescubrimiento de los ciclos vitales, que se encarnan en el entorno rural del estado de Nueva York.
Observando el mapa me doy cuenta que Oates y Atwood son, en cierta forma, vecinas. De hecho la segunda ha sido caratulada en más de una ocasión como parte del llamado Ontario Gotic. A Oates le cabrá, supongo, el de Rural Eastern U.S Gotic, por oposición al gótico más sofisticado de los canadienses, y al más clásico Southern Gotic de dos autoras a las que me referiré más tarde: Flanery O’Connor y Carson McCullers.