Ojos de Gato

El libro ha sido siempre una industria politizada. Antes se publicaban ensayos, novelas y poemarios a favor o en contra del secularismo, la masonería o la lucha de clases. Ahora son los temas de género. A veces cuesta separar el talento del oportunismo editorial, los derechos laborales de una autora del talento y la convicción plasmados en su trabajo.
Margaret Atwood publicó Cat’s Eye en 1988, cuando ya era una novelista consagrada. Lo que me sedujo no fue sólo su prosa delicada y subjetiva, sino por abordar la identidad desde la doble perspectiva de una mujer y de una nación, en este caso Canadá. En Survival, su ensayo fundacional de 1973, Atwood estableció que la personalidad literaria del país pasaba por la figura de la víctima. Los escritores canadienses no podían recurrir a tópicos como el de la isla, central en la literatura británica, o el de la gran frontera siempre en expansión, como los estadounidenses. Ello explicaría, según Atwood, esta recurrencia en torno al motivo del superviviente: dramas en tono menor, plagados de muertes por congelamiento. Abundan los paisajes naturales, pero brillan por su ausencia las ballenas blancas, los perdedores magníficos, los colonos dementes y los bandoleros románticos.
En Cat’s Eye los personajes se mueven entre la nieve y el barro. La escolarización de la protagonista pasa por un rígido código protestante y por símbolos foráneos como la casa de Windsor, retratados con una ironía contenida.
Dos elementos atraviesan el relato, junto con esta elusiva identidad nacional: la socialización de género y el lenguaje de los adultos.
La narración se estructura entre los preparativos de una exposición del trabajo pictórico de la protagonista en Toronto y los flashbacks que recorren su vida, desde la niñez hasta su vida universitaria, su fallido primer matrimonio y la felicidad casi pragmática de sus segundas nupcias. Con todo, pese al éxito de su trabajo artístico, la narración deja entrever una congoja fundamental, una pérdida que ningún logro social parece capaz de compensar.
Elaine crece en los bosques y lagos canadienses con su padre entomólogo, su madre todoterreno y su hermano superdotado. Hasta los ocho años nunca va a al cine, no conoce las ciudades ni las salas de clase. Cuando el padre se integra full time en la Universidad de Toronto, se ha establecido una brecha considerable entre ella y sus compañeras de curso. Surgen las manipulaciones, los juegos de poder, las miradas oblicuas de otras madres que no dejan pasar el agnosticismo de su hogar o sus modales poco femeninos, según el concepto protestante anglicano. Cada frase conlleva una tensión proveniente, más que las palabras, del tono y el contexto en que se dicen.
De las amigas sobresale el personaje de Cordelia, chica agrandada y dominante, siempre dispuesta a “corregir” a Elaine. Esta educación paralela tiene el delicioso y ambiguo sabor del sadismo infantil, en el que se cruzan los prejuicios, los roles usurpados, los rumores subrepticios acerca de menstruaciones y otros tormentos de la carne, los caminos y atajos que toda niña debe evitar debido a la presencia de “hombres”.
La mitad de la novela está dedicada a la infancia. La segunda resume la juventud sesentera y la soberanía problemática que Elaine busca para su vida. Ésta pasa por amores con profesores y compañeros de la facultad de arte. El distanciamiento y la reconciliación con Cordelia, y el colapso de ésta en una vorágine autodestructiva marcan el aprendizaje de Elaine al mismo nivel que su carrera artística, la experiencia de la maternidad y del fracaso matrimonial.
Ante el lector se produce un doble proceso: Elaine deviene mujer y Canadá una nación, en el sentido más posmoderno del término. El reencuentro con Toronto es explícito al respecto. Después de años de vivir en Vancouver, en el extremo oriental del país, Elaine descubre que la ciudad aletargada y pacata de su juventud se ha transformado en una metrópoli cosmopolita y multicultural. Los viejos galpones portuarios son tiendas y restoranes: todo es post.
Terminada la lectura, me surge una pregunta existencial: ¿Qué hubiese sido de mi vida (mi vida amorosa) de haber tenido este libro en mis manos cuando tenía veinte años?

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