lunes, enero 08, 2007

La chica Espectro


Livia Spector tiene un burlitzer mental. Livia Espectro, como le dicen sus amigas (o más bien sus enemigas) es la protagonista, la anti-heroína de Verano Robado, novela debut de María José Viera-Gallo, y ha perdido el control. Hace ya un tiempo que me enjuago la boca con roncola, dejé de escuchar a mi mamá, y me duermo al amanecer pensando que yo y el mundo vamos a hacer cortocircuito. Con estas palabras comienza el texto, y las trescientas páginas que siguen son el relato de la búsqueda de una ruta de salvación.

Hay que aclarar de partida que el burlitzer de Livia es de carácter estrictamente mental, el mecanismo de defensa de una adolescente como tantas que hay en hoy en día en nuestro pequeño país globalizado. La pobre tiene la luz cortada y está sola en una casona de Ñuñoa, metáfora de la familia disfuncional chilena. Su madre no es como todas las madres: no sólo carece de instintos maternales, sino que además tiene bichos en la cabeza… Se ha ido a Juan Fernández con sus amigas lesbianas y le ha dejado una tarjeta redbanc con el código equivocado. Y vamos sumando, porque Livia es hija única, tiene un hermanastro skater que va de porrazo en porrazo; es nieta de un ejecutado político, no ha dado la PSU por pánico escénico; su mejor amiga está en una clínica de rehabilitación, su padre en San Pedro de Atacama y su abuela muriéndose de cáncer en un departamento frente al Parque Bustamante… Con esta lista de privaciones Livia no le queda sino militar en su propia causa: sobrevivir al verano. Es un objetivo modesto a primera vista, pero página tras página la autora nos lo va mostrando en toda su complejidad.

Verano Robado es un Bildungsroman femenino, una cruza posmoderna entre Emily Brontë y Salinger. El motivo clásico de la fuga adolescente es reemplazado por el de una adolescencia encerrada: más allá de la casa sin adultos, abandonada a su propia entropía, están las calles de Ñuñoa abandonadas por sus habitantes… veredas incandescentes, almacenes somnolientos, cybercafés atendidos por niñas-mujeres con Síndrome de Down.

El relato se estructura en base a este presente desolado, a la caída de la protagonista hacia abismos que parecen no tener fin, y a flashbacks que dan cuenta del por qué de ese abismo.

Aparte del burlitzer mental, en el que se mezclan sonidos latinos y anglos de la última década, el relato está atravesado por una única referencia literaria: las Iluminaciones de Rimbaud, el texto adolescente fundacional, escrito antes de que la adolescencia existiera siquiera como concepto en el mundo occidental. Livia lo lleva en su mochila junto a sus cigarrillos de presidiario y al siniestro Ron Silver que lacera su garganta. Pero ojo, que Livia no es dark: no le atraen los vampiros ni lo gótico… Forma parte de una generación sin brújula, sin carta de navegación, para la cual el sexo no es trasgresión (ya no queda nada por transgredir) ni jardín de las delicias, sino pesadilla de una personalidad que todavía no fragua: sexo apurado, inseguro, inclemente.

¿Y qué decir de “los pasteles” que se le cruzan en su camino? Son hijos de la Concertación, en el sentido de un país despolitizado, neoliberal, en que los jóvenes son un target de mercado… Niños y niñas hipersexuados que pasan a través de distintos “módulos recreativos” en busca de una satisfacción por definición transitoria… La amiga con ínfulas de celebridad, el vecino neonazi, el hermanastro que se cree selenita, el viejo amor que regresa de Londres cargado de pastillas rosadas, los compañeros pernos dopados de videojuegos y chat. Livia elucubra una terminología propia para describir sus fugaces conquistas, que a ratos más bien parecen claudicaciones: Los hombres tiburón y los hombres lombriz; predadores los primeros, parásitos los segundos. Terminologías y clasificaciones que debieran constituir el manual de instrucciones de todo padre y madre posmodernos. Pero no nos hagamos ilusiones: nuestro recurso más escaso es el tiempo. Nuestros trabajos, nuestras carreras, la “sana competencia”, nos dejan apenas fragmentos para comprender y empalizar con estos vástagos cuya precocidad es la materia prima de Paz Ciudadana y otros referentes conservadores.