El Amor como Droga Dura

¿Cómo leer una novela de amor? Confieso que nunca me había enfrentado a la pregunta por la simple razón que no suelo leer este tipo de novelas. Me son tan ajenas como para otros las novela de espías. Mi machismo en este plano es vergonzoso y ha sido la autora española Luisa Castro la que me ha puesto en jaque. Me ha costado leer
El argumento es clásico: un hombre mayor, crítico literario, y una joven escritora, en la que se adivinan algunos rasgos de la autora. La pareja es dispareja no sólo en edades sino en background. Gaspar proviene de un rancio clan catalán con intereses inmobiliarios y contactos con la alta política; Julia de una rústica familia gallega, de la que ha salido a punta de perseverancia y talento. Hasta antes de conocer a Gaspar Julia es libre y asertiva; su conquistador vive rodeado de ex amantes, ex esposas, hijos malcriados y padres tiránicos. Al poco se revela como un manipulador sin tapujos, que dosifica sus encantos y sus distancias. Ella intuye en lo que se está metiendo, pero así todo cae en la red. Y es más, reincide conforme los indicios de podredumbre se acumulan. Con ello logra validar mis prejuicios de género, produciéndome una irritación contra la protagonista que debo controlar para no contaminar mi apreciación del texto. Al cabo de un rato sólo les deseo el mal a estos amantes, y me deleito cuando se pelean, cuando lo pasan mal, cuando se hieren.
Pasada la mitad de la novela me doy cuenta que eso es exactamente lo que Luisa quiere de mí: me está mostrando el lado oscuro del amor, su similitud con las drogas duras. Al placer siguen los efectos secundarios y, claro, la infinita capacidad de reincidencia del adicto. Supongo que en el lector femenino este retrato ácido del enamoramiento debe ser doblemente contumaz: para eso está la voz interior de la protagonista, constantemente autoengañándose, desdibujándose como ser humano, achacándose la culpa de todas las caídas de la pareja y volviendo a las garras del vampiro. Esta es la dimensión más inesperada de la novela: la autocrítica. Su sorpresa nace precisamente donde el lector(a) romántico menos se lo espera. La pusilanimidad de Julia es llevada hasta la exasperación, y su salida del infierno es también su reivindicación como personaje.
Pese a que Gaspar es crítico y Julia novelista, jamás hablan de literatura. Y se agradece no sólo porque con ello Luisa Castro se evita el lugar común de más de alguna novela sobre escritores (que hoy abundan), sino porque logra aislar el trasfondo irónico de la trama, la doble ironía de su ajusticiamiento del amor: el viejo crítico vampirizando a la joven escritora, el crítico como un decadente catador de talento fresco, cuya vida depende de la energía de los que realmente crean.
Las querellas intra-ibéricas son otro elemento jocoso de esta novela que ganó el prestigioso premio Novela Breve de Seix-Barral. Frente a la sinceridad gallega, que en Sudamérica es sinónimo de simplicidad, se opone el cinismo altanero de los catalanes, su irritante chauvinismo. “Somos dos especies en extinción” le dice Julia a Gaspar en uno de los raros momentos sociológicos de la novela: el proletariado gallego víctima de la burguesía rentista catalana, que se vanagloria de su progresismo sin saber que anda desnuda por la vida.

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